Cualquier padre o madre que lea estas líneas estará totalmente de acuerdo en que el amor que se profesa a un hijo es absolutamente ciego e inmenso. 

No obstante, a veces me planteo la siguiente reflexión: ¿las madres amamos a nuestros descendientes por lo que son realmente?¿O solo porque traemos de serie esa capacidad infinita en nuestra programación de software?

Casi siempre llego a la misma conclusión; sean como sean, les vamos a querer. Pero este amor, si bien ayuda a no chocarlos contra la pared en ocasiones puntuales en las que ponen a prueba nuestra paciencia,(entiéndase con sentido de la ironía), no es lo bastante flexible como para respetarlos en el sentido más amplio del término. Me refiero a aceptar que puede que no se parezcan a nosotros en su manera de actuar o de pensar, que a lo mejor tienen costumbres, pensamientos o ideología que pueden llegar a sacarnos de nuestras casillas. Es preciso recordar que en una personita confluyen muchos factores internos y externos; en algunos intervenimos los padres, en otros no.

Y aquí es donde comienzan las peleas, falta de entendimiento, conflictos varios...

Y puede que nos preguntemos dónde esta el fallo o la solución mientras nos emperramos en idealizar al hijo que habíamos soñado, el que se adapta perfectamente a nuestra personalidad.

Cabría proponerse una reflexión de cara a reducir esta conflictividad: mi hijo, mi hija, es una persona ajena a mí. Con su forma de ser, sus sueños y objetivos, sus creencias y motivaciones, que no tienen que coincidir necesariamente con los de su madre ni con los de su padre.

Y en un ejercicio de apertura mental, entender sus ideas, sus acciones, respetarlas y amarlas, pero por deseo expreso, no porque esté grabado en nuestro código genético. Y encontrar maravillosas virtudes que apreciar, diferentes a lo que solemos valorar. Y negociar con sus defectos (y los nuestros), para mantener la convivencia,y por encima de todo...

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