¿Qué tal? ¿Cómo estáis?

Son las dos preguntas que más oímos estos días de boca de las personas con las que nos encontramos por la calle, o que nos llaman o escriben para interesarse por nuestra vida.

Las mismas preguntas que formaban parte del protocolo universal según las normas de la educación para iniciar una conversación  con un amigo, familiar o conocido, ahora se formulan con otro matiz. Un matiz más sentido, más real, como si ahora ciertamente tuvieran razón de ser.

Y es que vivimos tiempos complicados. Muchos de nosotros nos sentimos derrotados, inseguros, asustados, pesimistas, con más frecuencia que hace un año, y, mucho más a menudo de lo que quisiéramos.

Y no es que yo quiera animaros a que os sintáis así. Tan sólo enviar un mensaje de tranquilidad para que todos entendamos que es normal, humano, e incluso saludable.

Tan perjudicial es un duelo llevado al extremo, por el cual la persona que ha sufrido una pérdida lleva años sumida en la tristeza, como aquél que no se vive, en el que a los tres días de un doloroso golpe,  nos encontramos riendo y relacionándonos con  una actividad frenética. Son distintas formas de estar mal. Ninguna de las dos es sana.

La mente humana funciona de un modo predeterminado por la naturaleza de nuestra especie. Necesitamos recuperar nuestra  homeostasis; algo así como el equilibrio, cuando algo se ha torcido. Y esto es un proceso que lleva su tiempo y su esfuerzo.

De manera que no desesperemos. Es lógico que nos sintamos mal, unos días más que otros. Importante no dejarnos caer en la desesperanza. Permitámonos un poco de tristeza, unos ratos de mal humor, algún episodio de desesperación, pero seguido siempre de un tiempo de reflexión para recuperar la calma y seguir.

Paciencia+resistencia+esperanza.

Vendrán otros problemas, pero esta situación anómala que vivimos, acabará por resolverse.

Aurora Celis 

Psicóloga