No. No eres perfecto.

No. Tu familia tampoco lo es.

No. No todo va a salir siempre bien.

Y aun con todo eso, salimos al mundo, reímos, sentimos, amamos, aprendemos... y otras tantas posibilidades que la vida nos ofrece. Y está muy bien.

Pero no caigamos en la gran falacia de pensar que todo va a ser perfecto o que puedes conseguir que lo sea. Porque sólo conseguirás frustración. Y la frustración nos hace un daño innecesario, y daña a los que tenemos a nuestro alrededor.

La flexibilidad mental es la que nos permite sobrevivir a un mal día (con o sin motivo que lo justifique), la que nos enseña a disfrutar de las cosas sencillas, la que nos deja que aprendamos de una situación nueva, la que nos deja que aceptemos lo que creímos que no podíamos comprender. Eso que en cierto mundillo boxeístico se llama "tener cintura".

Así, cuando te inunda un mal pensamiento, una emoción que te quema tras una mala experiencia, una tarde de nostalgia o tristeza por aquello que perdiste... no te empeñas en sacudirte esas sensaciones incómodas, ni en huir de ellas para inastalarte a toda prisa en la felicidad.

No sería una felicidad real.

En lugar de eso, observas tu tristeza, tu rabia, tu desgana, la respiras y sabes que todo ello forma parte del complejo proceso de la existencia. Y que también tienen su razón de estar en ciertos momentos, porque tu camino así lo precisa, para avanzar , para crecer, para ir dejando atrás lo que no nos aporta, pero sin huídas y sin cierres en falso.

Con calma.

Con paciencia.

Con cintura.

Y qué reconfortante es saber que después de ese día de sombras  va a volver a brillar el sol.

Porque tu vida no es perfecta. Pero tiene muchas cosas buenas.